Jueves 8 de Enero, 03:43

La NASA confirmó misión tripulada a la Luna

Política | El próximo 6 de febrero despegará la misión Artemis II. Esta travesía no contempla todavía un descenso en el polvo lunar, sino que se plantea como una prueba de fuego de diez días para medir la capacidad de supervivencia fuera de la Tierra.


A bordo de la cápsula Orion, cuatro astronautas orbitarán el satélite con el fin de certificar la potencia del cohete SLS y la fiabilidad de los sistemas de soporte vital. El éxito de este hito marcará el regreso efectivo del ser humano a las profundidades del espacio y dejará el camino despejado para objetivos más ambiciosos.

A la par de estos preparativos, el mundo observa una simetría histórica inquietante. Así como el programa Apollo avanzaba en los años 60 y 70 mientras Estados Unidos se hundía en el barro de la Guerra de Vietnam, hoy el programa Artemis despega en un contexto de alta tensión externa.

En aquella época, el espacio servía como una distracción de poder y un campo de batalla ideológico frente a la Unión Soviética. Hoy, mientras la NASA ajusta los tornillos del cohete SLS, el control de los recursos estratégicos y la influencia sobre los mercados energéticos vuelven a marcar el ritmo de la agenda de Washington.

Bajo esta lógica, la estabilidad energética y la exploración lunar se entrelazan nuevamente en la política exterior.

En los años de Richard Nixon, el costo de Vietnam ponía en duda el presupuesto de la NASA; hoy, la necesidad de dominar el mercado global de materias primas financia la imagen de una potencia que todavía busca liderar tanto la Tierra como el espacio profundo. 

La estrategia es clara: asegurar el flujo de recursos abajo para proyectar el poder arriba. Estados Unidos busca reordenar su influencia global con la misma determinación con la que planea establecer una presencia humana sostenida en la Luna.

En cuanto a los protagonistas, la tripulación de Artemis II refleja una apertura internacional que no existía en el siglo pasado. Reid Wiseman lidera la misión como comandante, acompañado por el piloto Victor Glover y la especialista Christina Koch. A ellos se une Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense.

Este grupo ya superó ensayos críticos, como la simulación de cuenta regresiva realizada el pasado 20 de diciembre. En dicha jornada, los astronautas probaron sus trajes y el ingreso a la cápsula dentro del Edificio de Ensamblaje de Vehículos, y demostraron que la tecnología ya no es una promesa, sino una realidad operativa.

Por otro lado, la arquitectura técnica de la misión impresiona por su potencia. El cohete SLS impulsará a la nave Orion fuera de la atmósfera terrestre para realizar dos órbitas iniciales. Una vez verificados los sistemas, los motores ejecutarán la inyección translunar.

Esta maniobra lanzará a la tripulación hacia un viaje de cuatro días rumbo a la Luna. El objetivo final es garantizar que los sistemas de soporte vital funcionen en el espacio profundo, un entorno mucho más hostil que la órbita terrestre baja donde opera la Estación Espacial Internacional.

Finalmente, el regreso al entorno lunar representa mucho más que un hito de ingeniería. Es el reconocimiento de que la humanidad necesita puentes entre sus épocas.

"Si el programa Apollo fue el hijo de la Guerra Fría y el conflicto de Vietnam, Artemis es el resultado de un mundo hambriento de recursos y dominio tecnológico", afirman.

La Luna deja de ser un destino romántico para convertirse en la plataforma de lanzamiento hacia Marte.

Para cerrar, Artemis II marca el fin de una larga siesta espacial. La misión demuestra que, aunque los conflictos terrestres y las disputas por el petróleo sigan repitiendo viejos patrones, el deseo de explorar lo desconocido permanece intacto.

El éxito de estos diez días en órbita lunar no solo validará una nave, sino que confirmará si estamos listos para ser una especie que habita más de un mundo.